Ella

R supo al instante que esa noche le costaría dormirse, porque ya soña­ba con Ella. Tal fue el impacto, la ráp­i­da suce­sión de estí­mu­los que le coparon – sin pedir per­miso- cada sen­ti­do, que sus ojos quedaron encan­di­la­dos. El per­fume de la chi­ca era una cari­cia que se aprox­ima­ba. Y cuan­do sin­tió el con­tac­to de su mejil­la, al salu­dar­la, cayó defin­i­ti­va­mente en trance. Ella tenía la piel fres­ca, como la últi­ma aceitu­na en una tarde de ver­a­no frente al mar, cuan­do cae el sol

0.

R perdió el aire, por primera vez, a los seis años. Juga­ba con Mar­i­ano ‑en el cuar­to de su amigo‑, mien­tras sus madres char­la­ban en la coci­na. Cuan­do les llegó el abur­rim­ien­to el dueño de casa pro­pu­so inten­tar “la cat­a­pul­ta”. Sien­do el más cor­pu­len­to, Mar­i­ano sería la primera cat­a­pul­ta; R el priv­i­le­gia­do pasajero del vue­lo inau­gur­al. Para aten­uar los reparos de su invi­ta­do, Mar­i­ano colocó un almo­hadón sobre el piso donde, según él, R ater­rizaría plá­ci­da­mente. Seguida­mente se aco­modó cara arri­ba sobre la cama y, con las pier­nas flex­ion­adas con­tra su pan­za a modo de resorte, le indicó al invi­ta­do que apoy­ase la espal­da sobre sus pies. El lan­za­mien­to fue un éxi­to y el vue­lo sal­ió de acuer­do al plan. El prob­le­ma estu­vo en el ater­riza­je; el almo­hadón había queda­do metro y medio atrás. La espal­da de R se estam­pó con­tra el piso, aplanan­do súbita­mente sus pequeños pul­mones y vacián­do­los de aire con un golpe seco y casi fatal. Tras unos veinte segun­dos – quizás cuarenta – de angus­tiosa asfix­ia, el chico logró artic­u­lar una enorme bocana­da que lo devolvió a la vida.

1.

Cuan­do la cono­ció a Ella, una déca­da más tarde, R volvió a perder el aire. Mar­i­ano – sí, el mis­mo- lo había lla­ma­do para arreglar una sal­i­da. Quería pre­sen­tar­le a una ami­ga; él iría con Mar­i­ana, ambas del cole­gio Ado­ra­tri­ces. Quedaron en encon­trarse en la puer­ta de Mam­bo, por el micro­cen­tro, el viernes a las diez. Llegó pun­tu­al con el 59 y al no ver a su ami­go, R se recostó con­tra una pared y metió las manos en los bol­sil­los, para fin­gir desin­terés. La espera fue breve. Las chi­cas y ami­go bajaron del taxi y R supo al instante que esa noche le costaría dormirse, porque ya soña­ba con Ella. Tal fue el impacto, la ráp­i­da suce­sión de estí­mu­los que le coparon – sin pedir per­miso- cada sen­ti­do, que sus ojos quedaron encan­di­la­dos. El per­fume de la chi­ca era una cari­cia que se aprox­ima­ba. Y cuan­do sin­tió el con­tac­to de su mejil­la, al salu­dar­la, cayó defin­i­ti­va­mente en trance. Ella tenía la piel fres­ca, como la últi­ma aceitu­na en una tarde de ver­a­no frente al mar, cuan­do cae el sol.

Mar­i­ano los pre­sen­tó for­mal­mente: Ella‑R, R‑Ella. Antic­i­pan­do un primer y tor­pe paso del chico, Ella sacó su cédu­la de iden­ti­dad y la extendió delante de sí para demostrar que “Ella” era real­mente su nom­bre; dijo estar acos­tum­bra­da a que no le crey­er­an. El gesto descon­certó aún más a R, cuya cabeza había queda­do a tres met­ros y seguía inten­tan­do sacar las manos de los bolsillos.

Las ruti­nas de boliche ‑una venia al patovi­ca de la puer­ta, dejar los abri­gos en el guardar­ropa- lo espa­bi­laron. Había que apare­cer ducho, como si con dieciséis años ya se hubiesen vivi­do cuarenta. Rebobinó para com­pren­der el shock. Si él esper­a­ba una cheta de labios flu­o­res­centes entretenidos con un chi­cle, mele­na wellapon y un  jopo mold­ea­do con mousse y secador, esta pequeña activista checa ‑parecía haber deja­do la Pri­mav­era de Pra­ga cin­co min­u­tos atrás- lo había noquea­do sin subir al ring.

Ella era her­mosa. Bajo una gor­ra tipo Lenin ‑tal vez Gats­by – pro­li­ja­mente des­cuida­da, llev­a­ba su pelo cas­taño cortísi­mo, muy chic, à la garçonne. Su ros­tro, espe­cial­mente femeni­no, lo tenía enmude­ci­do. Cada ras­go sug­ería inteligen­cia; tam­bién desafío, o aún con­flic­to. En su mira­da, des­de unos ojos gris­es tan lumi­nosos como aler­tas. Con sus del­i­cadas ore­jas, que no perdían pal­abra y adorn­a­ban esa nuca div­ina­mente desnu­da. En unos pómu­los simétri­cos sobre un men­tón jus­ta­mente insin­u­a­do, encuad­ran­do una son­risa chiq­ui­ta y pre­ciosa, ple­na de car­iño, que tam­bién la humanizaba.

Mam­bo tenía mesas con­tra las pare­des pin­tadas de negro y otras, sueltas, que refle­ja­ban el neón sobre la bar­ra resque­bra­jan­do la penum­bra. Se aco­modaron los cua­tro –con la corti­na de Atmos­phere, de Joy Divi­sion – y Ella rompió el hielo, con­fe­san­do que la fan­tasía de toda chi­ca en su cole­gio era ser una mosca y sobrevolar ‑de incóg­ni­to-  el aula en un secun­dario de varones. Con­tin­uó plante­an­do temas que le interesa­ban ‑o la preocupaban‑, para ver con quién esta­ba sen­ta­da. Quizás el silen­cio que había inva­di­do a R tras la pre­sentación lo hiciera apare­cer, ante las chi­cas, como un tipo mis­te­rioso. Prob­a­ble­mente como un ver­dadero idio­ta. R hubiera preferi­do excul­parse en ese pun­to; darse una pequeña tregua. Y atribuir su mutismo al vano inten­to por reten­er esa voz aniña­da, por alcan­zar su char­la adul­ta. Ella era elocuente. Argu­menta­ba con pal­abras que el chico ape­nas había escucha­do, mucho menos inclu­i­do en su lim­i­ta­da pale­ta. Habló de “masi­fi­cación”, y se refir­ió a algo o alguien como “estereoti­pa­do”. La chi­ca le esta­ba dan­do pis­tas al ciego; provo­can­do en el mudo una reac­ción. Tam­bién men­cionó “friv­o­l­i­dad”, y lo des­colocó con el tér­mi­no “autoes­ti­ma”. Ella le explic­a­ba sobre qué bal­dosas se para­ba; cuáles sen­tía flojas.

El DJ rescató al chico del com­ple­to papelón. Bajó aún más las luces, y subió la músi­ca en clara invitación a la pista ‑a met­ros de la mesa‑, que era dimin­u­ta, ínti­ma.  Las notas glaciales de “Love­cats” sonaron como si The Cure jugara al tejo en una cue­va de esta­lac­ti­tas. Y cuan­do se prendió la lám­para de luz negra, a Ella se le oscure­ció la piel, se le ilu­mi­naron esos ojos mági­cos y se le encendió ‑lit­eral­mente- la son­risa. A Ella le encanta­ba bailar. A su lado los movimien­tos de R parecían rígi­dos, insípi­dos. El chico se pro­pu­so, al menos por un momen­to, dejar de mirar­la. Fra­casó en cada intento.

2.

R patin­a­ba des­de chico. Nor­mal­mente iba a Fire & Ice, la pista de Las Heras y Coro­nel Díaz; allí había besa­do, un año atrás, a su primera novia. Tal vez por eso decidió darse una vuelta por Madi­son Rink, en la calle Vicente López, donde su her­mano entren­a­ba hock­ey. Los vidrios que sep­a­ra­ban el ves­tu­ario de la pista esta­ban empaña­dos, como de cos­tum­bre. Se escuch­a­ban risas y gri­tos de excitación sobre los hits de A‑ha, segui­dos por Madon­na. R sal­ió al hielo despre­ocu­pa­do y ‑firme sobre las cuchillas- se hizo ráp­i­da­mente un lugar entre la con­cur­ren­cia. Aún no había entra­do en calor cuan­do divisó ‑tras largas sem­anas de la infruc­tu­osa sal­i­da- esa figu­ra pequeña e incon­fundible. Ella pasea­ba jun­to a una ami­ga o her­mana, y parecía sortear, entre pasitos tími­dos y altivos, los refle­jos de una enorme bola de espe­jos que col­ga­ba sobre la pista.  R pro­nun­ció men­tal­mente el nom­bre de la chi­ca y su corazón dio un vuel­co.  La púa de sus pen­samien­tos saltó abrup­ta­mente, de la con­cen­tración motriz al sur­co del fan­taseo galante. Se vio pasán­dole por al lado a toda veloci­dad, impre­sionán­dola en su momen­to  más die­stro con tres pirue­tas y un giro atrás. Pero en el primer paso de la car­rera tri­un­fal sus pier­nas erraron la coor­di­nación, y como en un dibu­jo ani­ma­do, res­balaron una y otra vez en el mis­mo lugar. Cayó ‑con gran estrépi­to- culo pa-trás, apoyan­do todo su peso en la mano y muñe­ca izquier­das, las que se hin­charon inmedi­ata­mente con un agu­do dolor. R pasó el resto del sába­do en la guardia del Fer­nán­dez, y la sem­ana sigu­iente pen­san­do en Ella. Y como para olvi­dar –sino recor­dar- el mal tra­go, dibu­jó sus hue­sos rotos sobre la super­fi­cie blan­ca del yeso.

Meses más tarde, en el cole­gio, el men­sajero habit­u­al le acer­có una invitación. Ella había orga­ni­za­do una fies­ta de dis­fraces en su casa, y Mar­i­ano se ocu­paría de la ambi­entación. Estas fies­tas eran poco usuales. Más bien se esti­l­a­ba lo con­trario; vestirse todos iguales, var­ian­do a lo sumo la mar­ca de zap­atil­las o las rayas de la camisa. La prop­ues­ta iba más allá, sería una fies­ta temáti­ca: la Fies­ta Cavernícola.

Creía que Ella esta­ba de novia, ¿por qué lo había invi­ta­do? R hizo a un lado cualquier espec­u­lación y se enfocó en sus tal­en­tos — hon­raría la invitación. Se dijo que había que destacar. Un troglodi­ta decente –pen­só- debía lle­var un buen gar­rote. R fab­ricó el suyo mold­e­an­do una mal­la de alam­bre teji­do que fijó a un palo de esco­ba, y a la que agregó varias capas de papel de diario sat­u­radas con engru­do. La pin­tu­ra del día sigu­iente, con mar­rones y verdes,  sel­ló el logro: el mazo era una répli­ca enorme y per­fec­ta del ancho de bas­tos. Para él era el de espadas. Lle­ga­do el día, com­pletó el dis­fraz con unas bermu­das y remera surferas, y sobre los hom­bros una esto­la negra de oso, cortesía de su abuela. R llegó a la casa de Ella en taxi, jus­ti­f­i­can­do el gas­to en que ‑vesti­do así- la tem­per­atu­ra era muy baja para esper­ar el colec­ti­vo. Sobre todo R quería cuidar el gar­rote. Para cuan­do tocó el portero eléc­tri­co,  jun­to a esa puer­ta de madera  en la calle Are­nales, el gar­rote lo cuid­a­ba a él. Tras­pu­so el pequeño  hall has­ta el ascen­sor y ‑frente al espe­jo mien­tras sub­ía- se dio voces de afir­ma­ción; y como un ver­dadero hom­bre prim­i­ti­vo, se con­fió a su tal­is­mán. Una de las her­manas de la chi­ca abrió la puer­ta del depar­ta­men­to. En la coci­na vio a la madre de Ella aco­modar canapés en una ban­de­ja que lle­varía luego el padre –abo­ga­do- al liv­ing, una mar­avil­losa cue­va de Las­caux, recrea­da con papel madera arru­ga­do sobre las pare­des. Los par­lantes vibra­ban con The Smiths, la músi­ca con la que se iden­ti­fi­ca­ba Ella: int­elec­tu­al y sen­si­ble, ambiva­lente, sobre todo desafi­ante. El nom­bre de la ban­da era genéri­co e indefinido, casi vacío – como Ella sen­tía el propio.

escuchá el sound­track de “Ella” en Spotify

La anfitri­ona vestía unas pieles par­das al talle y lo saludó con una son­risa. Los ojos de la chi­ca se posaron en el gar­rote y su son­risa se agrandó inmedi­ata­mente, lev­an­tan­do esos cacheti­tos her­mosos. R había dado en la tecla. A difer­en­cia de otros invi­ta­dos que pre­sumían horas y horas de gim­na­sio con sus dis­fraces, él había elegi­do la ironía. Más tarde Ella se puso una pelu­ca de rizos col­orados ‑en afro‑, y sin­tonizan­do con la par­o­dia, se sac­aron una foto jun­tos… gar­rote inclu­i­do. R volvió a su casa, esta vez, con el telé­fono de Ella.

Cuan­do se enteró de la rup­tura con el novio, R la llamó para salir ‑su chance había lle­ga­do por fin. Para estar más con­tenido cuan­do se tirara a la pile­ta, incluyó en la sal­i­da a sus dos mejores ami­gos. Irían a West­ern, un boliche de moda en Núñez ‑ellos harían un paso pre­vio por sus chi­cas, que vivían lejos, en  San Martín o Hae­do – y se encon­trarían en la puer­ta a la hora acordada.

La noche esta­ba car­ga­da con ese frío húme­do porteño que empa­pa los hue­sos. En el taxi, Ella estor­nudó con mod­es­tia: tam­bién esta­ba ansiosa. Pasa­ban los semá­foros y la ten­sión encendió algu­nas luces. R entendió –tarde- que el via­je a Núñez era muy largo para la char­la super­fi­cial, y demasi­a­do cor­to para declarar­le ‑como pensaba‑, su amor. Por fin apare­ció la facha­da de West­ern y bajaron de taxi. Los chicos no esta­ban; R los excusó dicien­do “en cualquier momen­to están acá”. Era incon­ce­bible que no lle­garan; conocían per­fec­ta­mente la impor­tan­cia de la ocasión. Pero los min­u­tos se api­l­a­ban, y la vere­da era un páramo que se hacía cada vez más grande, más oscuro. La chi­ca, con inmere­ci­da gen­erosi­dad, evitó dar­le mues­tras  de impa­cien­cia. El frío se hizo metáli­co; el plan no esta­ba fun­cio­nan­do y los nervios del chico crecían. “-¡¿Dónde están estos bolu­dos?!-” pen­só- con una leal­tad hacia los ami­gos que encubría su temor. No podía per­mi­tirse un rec­ha­zo; esta­ba pro­fun­da­mente enam­ora­do de Ella. Debió haber pasa­do, como mín­i­mo, media hora, porque cuan­do final­mente entraron, Ella estor­nudó con más fuerza. Estu­vieron más tiem­po afuera que den­tro  del boliche. La escenografía inte­ri­or era igual de kitsch y fría que la de la calle. Sus ami­gos jamás lle­garon. En su lugar, los cow­boys del dec­o­ra­do ‑maniquíes vesti­dos al tema- le sugirieron que guardara el car­tu­cho; la pólvo­ra esta­ba moja­da.  Volvió a su casa con las manos y el alma vacías. Ella pasó la sigu­iente sem­ana en cama, con una gripe torrencial.

R se esforzó por hac­er­la a un lado en su mente: “Cada noche solo, estoy pen­san­do en Ella. ¿Cómo puedo evi­tar el dolor? Tal vez esto sea algo que logre super­ar; quizás apren­da a amar a otra. Sólo es una cuestión de tiempo…”

Traspuesto el pan­tano de la tris­teza, R se puso al día con la vida. Se dejó guiar por la cor­ri­ente. Mejoró su pobre esti­lo, sus habil­i­dades sociales, adop­tó mod­is­mos. Aumen­tó la fre­cuen­cia de sus sal­i­das, tuvo algu­na novia. Pero inte­ri­or­mente sabía que nada era más impor­tante para él que esa chi­ca. ¿Cómo era posi­ble expli­carse el apego? Encon­tró más sen­ti­do en el ter­reno de la fan­tasía que en las coor­de­nadas de la real­i­dad. Proyec­tó en Ella todo su deseo; enhebró mitologías que ali­men­ta­ron su fijación. Con­cluyó que Ella era una hechicera. ¿No había sido ful­mi­nante, aca­so, el encan­tamien­to de Mambo?

Con el rit­mo de los meses Ella con­tin­uó su búsque­da de una iden­ti­dad. El cuer­po le pedía entre­garse a la músi­ca, y en cada opor­tu­nidad Ella a salía a bailar. Su look, nat­u­ral­mente, cam­bió. Aclaró su cabel­lo y lo dejó cre­cer has­ta casi cubrir­le esa her­mosa nuca. Había aban­don­a­do la gor­ri­ta Lenin tiem­po atrás, iba por una vida más Gats­by. Hacien­do aer­o­bics des­cubrió la poten­cial­i­dad de su figu­ra, de noche acep­tó algún cig­a­r­ril­lo. Ya habla­ba tres idiomas, aprendía un cuar­to, y entraría en unos años a la Fac­ul­tad de Dere­cho. Además asistía a su padre en el buró; nece­sita­ba equi­li­brar la bal­an­za. Su ban­da favorita pasó a ser Era­sure – inglés para “bor­radu­ra, alteración”. El dúo británi­co esta­ba en la cima con sus hits tec­no, muy baila­dos, y sus cas­settes incluían siem­pre can­ciones intro­spec­ti­vas ‑y has­ta melancóli­cas- que la chi­ca espe­cial­mente ate­sora­ba. Ella hizo de Pal­a­di­um – una  enorme dis­co que, des­de la calle Recon­quista, acuña­ba su propia leyen­da -, su boliche predilec­to. Qué importa­ba que al día sigu­iente sus padres le recrim­i­naran el olor a humo en  la ropa, o algu­na de sus her­manas la con­frontara por usar­le unos zap­atos sin con­sen­timien­to. Aquí den­tro Ella era espe­cial, no tenía que dar expli­ca­ciones. Las exi­gen­cias del mun­do se diluían con la músi­ca, con el aire sat­u­ra­do de calor, con el sudor de la pista.

El tiem­po pasa­ba pero parecía con­den­sarse durante los ver­a­nos, en Pun­ta del Este, donde sus vidas oca­sion­al­mente con­fluían y el pinácu­lo de la ado­les­cen­cia era difí­cil de escon­der. Aún inmer­so en otros amores, R man­tenía el dial cer­ca de la sin­tonía esti­val de Ella. Si and­a­ba por Gor­lero y para­ba a mirar las fotos sociales – cosechadas por paparazzi locales en las playas de los porteñitos‑, desea­ba sec­re­ta­mente dar con Ella en algu­na de las pla­cas. Cuan­do salían a nave­g­ar en el bar­co de su padre y el marinero pre­gunt­a­ba a dónde rum­bear ese día, él –que conocía las pref­er­en­cias de la chi­ca- sug­ería Solanas. Jus­ta­mente allí, en la playa, sus ami­gos lo inco­mod­a­ban señalán­dole –como si hiciera fal­ta, y en tér­mi­nos poco lit­er­ar­ios- lo bien que le qued­a­ba a Ella ese cola-less. La obviedad ofendía su amor. Cruzán­dola sobre esa are­na firme, siem­pre cál­i­da y moja­da, él – además – la mira­ba a los ojos; dos piedras lunares que bril­l­a­ban, sobre su piel tosta­da, a ple­na luz del día. Y si iba a una fies­ta – por caso en Las Gru­tas, o Bull­dog- se pro­tegía por antic­i­pa­do ante la posi­bil­i­dad de coin­cidir con Ella y su novio del momen­to, por supuesto más grande y pun­til­losa­mente a la vanguardia.

Pero cada tan­to Ella volvía – una espe­cial­i­dad de esta hechicera menu­da – a sor­pren­der­lo con la guardia baja, como cuan­do se encon­traron un día esplén­di­do en el puer­to. Él venía de com­prar una bol­sa de alme­jas, a pun­to de zarpar en excur­sión de pesca a la isla de Lobos, y tropezaron en la escollera. Siem­pre un paso delante, Ella le explicó que iría jun­to a sus her­manas a la isla Gor­ri­ti. -“¿Y cómo van?”- le pre­gun­tó R, con la intere­sa­da idea de arri­mar­las en bar­co. -“¡En la Tut­ti!” respondió Ella, refir­ién­dose a la lan­cha colec­ti­va. Tres pal­abras de la chi­ca que él reg­istró con admiración y ter­nu­ra; tras el aparente orgul­lo lo que había era dig­nidad, sencillez.

Y sin embar­go la ima­gen que ‑como un fotogra­ma indeleble‑, el chico recor­daría por años, tuvo lugar una noche fres­ca de fines de Enero. R había jun­ta­do – por enési­ma vez- cora­je y, con algu­na excusa, mar­ca­do su número. Quedaron que él pasaría por su casa, en la Pun­ta. La calle esta­ba oscu­ra, y por esa zona y horario, tam­bién desier­ta. Cuan­do Ella abrió la puer­ta, la qui­ja­da del enam­ora­do cayó como una piedra al acan­ti­la­do. Esta­ba pres­en­cian­do una apari­ción. Como una novia fan­tas­mal, Ella se asomó al umbral descalza, vistien­do un camisón de algo­dón ligero que ‑con la luz del inte­ri­or- se traslucía en un efec­to tan etéreo que la chi­ca parecía flotar. Solo esa son­risa famil­iar de la chi­ca lo man­tu­vo en pie, indicán­dole que esa noche no saldría.

Durante el primer ver­a­no sin secun­dario a la vista R se dejó cre­cer el pelo, como para dejar la pesadil­la esco­lar ráp­i­da­mente atrás. Comen­zó a replantear las con­ven­ciones, a cues­tionar el sen­ti­do preestable­ci­do. Incor­poró, además, nuevas influ­en­cias musi­cales suman­do ban­das más rock­eras o direc­ta­mente punk. Con la nue­va déca­da –la últi­ma del siglo- ingre­saría a la car­rera de Arqui­tec­tura. Ese ver­a­no él ape­nas supo de Ella; y aunque man­tenía vivo ese amor por la chi­ca, había comen­za­do a enfo­car el haz de la lin­ter­na hacia su pro­pio camino.

3.

El Mar­zo en Buenos Aires era la ola per­fec­ta para bar­renar el ocio entre el ver­a­no ter­mi­na­do y las clases por comen­zar. Había que aprovechar la iner­cia ganado­ra; salir de noche sin cul­pa y con el sol aún bril­lan­do sobre la cara. Cuan­do R la llamó para ir a Bull­dog – la fran­qui­cia porteña en la calle Talc­ahuano a pocas cuadras de la chi­ca- Ella acep­tó sin dudar. Tenía que admi­tir­lo; la con­stan­cia de este chico no era común. Ella tam­bién quería reten­er un pedac­i­to más de ese tiem­po despre­ocu­pa­do antes de encar­ar Dere­cho en la fac­ul­tad. Con idea de sor­pren­der­la, esa tarde R hizo una visi­ta a la libr­ería del bar­rio y com­pró un sobrecito de bril­lan­ti­na vio­le­ta, que guardó en el bol­sil­lo de sus jeans gastados.

Ella sal­ió con un vesti­do verde lima cortísi­mo, que des­cubría sus hom­bros, bra­zos y pier­nas esplén­di­da­mente bron­cea­d­os. Ceñía la con­fi­an­za en sí mis­ma ‑como la tela stretch del vesti­do- a cada cen­tímetro de su cuer­po. En su mano sólo una cartera-sobre dimin­u­ta en la que ape­nas entra­ban las llaves, la cédu­la de iden­ti­dad y una caji­ta de Marl­boro. Esta vez –notó Ella – los ojos del chico se habían man­tenido serenos. En el boliche la chi­ca pen­só que R había cre­ci­do. Se desplaz­a­ba con seguri­dad, como si el ambi­ente de la noche –que empez­a­ba a perder bril­lo y la hacía sen­tir algo vacía–  le sen­tara cono­ci­do pero mejor, no lo afec­tara. Siem­pre olía bien aunque aho­ra parecía más alto, algo sal­va­je, esta­ba menos crudo. La músi­ca tron­a­ba y bailaron por horas los hits del ver­a­no; sus cuer­pos movién­dose a un mis­mo rit­mo, como en espe­jo. En un momen­to sonó Ricky Mar­avil­la y ambos se miraron, coin­ci­di­en­do sin decir­lo en que el chiste ya no tenía gra­cia. Él la tomó de la mano para ir a la bar­ra y ella lo sigu­ió, a un pal­mo de su espal­da, mien­tras el chico abría entre la masa ‑bra­zo pega­do al tor­so- un túnel invis­i­ble para dejar la pista. R pidió un Destornil­lador y Ella un Daikiri, y se hicieron un lugar en el largo sofá del reser­va­do. Cuan­do empezaron a char­lar Ella sin­tió la com­pren­sión de un igual; el inter­cam­bio fluía, tam­bién las risas. Lo esta­ban pasan­do bien, y era claro que el chico tenía un mun­do pro­pio, un enfoque per­son­al. Pasaron los temas de con­ver­sación ‑y musi­cales- y entonces R le con­tó una his­to­ria fan­tás­ti­ca. Sus pal­abras arran­car­on des­de los sonidos del ambi­ente y ráp­i­da­mente lograron encap­su­lar­los en un mur­mul­lo dis­tante. Le dijo que Ella quería decir “luz”, y que en su his­to­ria había una hechicera lla­ma­da Ellaine, “la luz que bril­la en todo”. El cuen­to duró unos min­u­tos durante los cuales Ella enmude­ció y lo escuchó has­ta con los ojos, como si de las pal­abras del chico bro­tara col­or. La his­to­ria la situ­a­ba en un lugar espe­cial y úni­co donde esta­ba segu­ra, en paz y a la vez muy viva…su propia torre de marfil des­de la que podía ver un hor­i­zonte inter­minable. Y por un momen­to ese eco en el vacío, esa nada que la abatía cuan­do la llam­a­ban se desvaneció. Ella exper­i­men­tó un agrad­able mareo colárse­le des­de la pan­za hacia arri­ba, por detrás del esternón en un efec­to mági­co que la hizo sen­tir ‑por un instante her­moso- com­ple­ta, entera. El chico ter­minó la his­to­ria y quedaron mirán­dose unos segun­dos infini­tos. Grad­ual­mente la músi­ca volvió a escucharse. Ella pen­só en mirarse al espe­jo, como si quisiera ase­gu­rarse que seguía en este mun­do, y con una son­risa le dijo que nece­sita­ba ir al baño, deján­dole a R –en pren­da- la caji­ta de Marl­boro. Cuan­do volvió Ella tenía más bril­lo en los labios. Tomó de la mano al chico, lev­an­tán­do­lo, como para ir volvien­do. Falta­ba poco para el amanecer y en la vere­da ya canta­ban los gor­riones. Cam­i­naron en silen­cio por Talc­ahuano. R parecía estar pen­san­do en algo, porque cuan­do lle­garon a la esquina de San­ta Fé se detu­vo – la luz esta­ba verde. Tenía una mano en el bol­sil­lo y Ella, recordán­do­los, le pre­gun­tó por sus cig­a­r­ril­los. Él reac­cionó extraña­do: “Uh…me los dejé aden­tro”. La chi­ca tomó el desliz como un gesto de pro­tec­ción, y guardó para sí las ganas de abrazar­lo. Cruzaron la aveni­da, y con los primeros col­ores del alba detrás, despun­tan­do, lle­garon a Uruguay, atrav­es­aron Paraná y doblaron por Mon­te­v­ideo. Cuan­do lle­garon a Are­nales el pul­so del chico volvió a acel­er­arse. Ella apoyó la espal­da sobre la puer­ta de madera. R la miró, tomó la mano de la chi­ca como quien leerá la for­tu­na, sacó su puño cer­ra­do del bol­sil­lo y lo man­tu­vo sobre la pal­ma de Ella, para dejar caer algo. El corazón de la chi­ca tem­bló, y empezó a latir con fuerza. Él entreabrió sus dedos y –como des­de un reloj de are­na invis­i­ble-  la chi­ca vio caer sobre su pal­ma un pol­vo vio­le­ta, bril­lante y mági­co, que la devolvió a ese mar­avil­loso trance, a esa his­to­ria fan­tás­ti­ca. Entonces R se acer­có, acari­cián­dole la nuca con car­iño, y cer­ró la mano que ella aún sostenía en el aire. Y allí mis­mo, dete­nien­do el tiem­po, la besó.

———————————————

Sen­ta­do en el piso supe­ri­or del 140 con des­ti­no a IKEA, R escucha un enlata­do YouTube de su pro­gra­ma de radio preferi­do. Su reg­istro de con­ducir ven­ció y volver a sacar­lo en Irlan­da es un trámite largo y molesto; aprovechará la próx­i­ma visi­ta a Buenos Aires. En el via­je se entre­tiene, además, miran­do por las ven­tanas – nor­mal­mente empañadas- a la gente que va y viene por las angostas calles de Dublin. Cam­den se funde con Aungi­er Street, ésta se deshace a las tres cuadras en George St, y el bus dobla, dos min­u­tos más tarde, por Dame. R tran­si­ta una real­i­dad y tiem­po difer­entes al que escucha por los auric­u­lares; otro idioma, ciu­dad y veloci­dades que aún siente cer­canos. La char­la radi­al lo hace reír en jajás cor­tos, inter­mi­tentes; como está sen­ta­do al frente, nadie se da vuelta a mirar­lo – aunque tam­poco lo harían.  El enorme auto­bús parece lev­i­tar en O´Connell bridge, sobre el río Lif­fey. Atraviesan el North Side y para cuan­do el bus deja atrás el cemente­rio de Glas­nevin, el cruce de voces en el pro­gra­ma es per­ma­nente, a la argenti­na, solapán­dose en un caos veloz que extraña­mente encuen­tra un cauce. Aho­ra hablan sobre cómo mar­can los nom­bres;  debat­en mandatos famil­iares, con­se­cuen­cias y obstácu­los invis­i­bles. Y ensegui­da uno trae la anéc­do­ta de una ami­ga, que tra­ba­ja­ba en el Poder Judi­cial con una cole­ga lla­ma­da Ella. R pierde el aire por ter­cera vez. El bus sigue la mar­cha pero su corazón fre­na en seco, solo para acel­erárse­le al triple de lo nor­mal, y alcan­zar a escuchar lo que sigue. “¿Ella?” – le pre­gun­tan- “Si, Ella. El padre le dijo a su madre embaraza­da que el niño se lla­maría Car­los. ¿Pero si es nena?, le pre­gun­tó la madre. Va a ser varón, y si no es Él, será Ella. ¡Y así la ano­taron!”. A R ya no le que­da aire en los pul­mones.  El bus se inun­da inmedi­ata­mente de recuer­dos, de músi­ca, de magia. Se llena a bal­da­zos con bor­radores de planes para con­quis­tar­la, de cas­settes graba­dos con can­ciones espe­ciales envi­a­dos por correo; de lla­ma­dos inter­rumpi­dos ‑por súbi­ta cobardía- con el dedo en la horquil­la jus­to antes de que alguien lle­gara a aten­der­lo. La inun­dación es impa­ra­ble. Son cataratas de lágri­mas, de are­na, de tin­ta sobre papel; de pun­tos que se unen en su mente y le devuel­ven la vista a quien estu­vo ciego de amor. De un beso infini­to en la puer­ta de la calle Are­nales que no llegó a ser y que esos ojos gris­es, aho­ra entiende, quedaron esperan­do. Había agua en esa pile­ta. Y lo empa­pan tam­bién sen­timien­tos de grat­i­tud hacia Ella por su pacien­cia y com­pren­sión, su inteligen­cia, sobre todo su inte­gri­dad. En la radio siguen hablan­do, rien­do con otras ocur­ren­cias. R nece­si­ta alig­er­ar el impacto y saca el móvil del bol­sil­lo, para enviar­le el audio por what­sapp a su buen ami­go Mar­i­ano. Y cuan­do apri­eta “send” recuer­da ese juego casi fatal. Ve al chico ‑que ya no es- subirse a la cat­a­pul­ta. Está por adver­tir­le pero se detiene. El chico vuela por el aire; sigue volan­do, vuela aún más. Aho­ra está en el piso, sin aire ni res­piración. R lo ani­ma con el pen­samien­to, des­de otro tiem­po y lugar, y le dice al oído que se serene. Que respire hon­do, que se lev­ante. Que en unos años verá esos ojos gris­es, sen­tirá esa piel her­mosa y  fres­ca; y vivirá la magia de Ella y una his­to­ria sin fin.

R.P. Browne — Escrito en Dublin, Ire­land y Dinard, France — Nov 2018 — Ene 2019

Si te gustó esta historia, compartila!

tu apoyo es muy importante!

Ella

Bonus Track!

COMING SOON!

TBC/S02

Trav­el Beacon

Sea­son 2

Un thriller urbano por R.P.Browne!

Quality prints now available from $15!

RP Browne’s best art­work in qual­i­ty prints — choose size, frame, mat and much more!

SdV — Temporada 1

Secun­dario de Varones

Un episo­dio sem­anal cada Domingo !

SdV/T1-E1- Una pastiwrita

SdV/T1-E2- El Avión, otro emprendimien­to de Augus­to Benutto

SdV/T1-E3- Tur­is­mo Villero Express

SdV/T1-E4- Detrás del gang bang en la Reser­va India

SdV/T1-E5- Esa mere­ci­da primera plana

Share this!
error: Content is protected !!