BZZZZZ BZZZZZ. El what­sapp otra vez – Es Char­lie man­dan­do fotos vie­jas, algu­nas geológ­i­cas. A ésta R la recuer­da per­fec­ta­mente. Él tam­bién tiene su copia; la pre­gun­ta es qué hace en poder de Char­lie, que no está en esa foto gru­pal. Tal vez se ocupó de sacar­la. Por aque­l­la época ya era cono­ci­do por su pres­en­cia fan­tas­magóri­ca; aparecía de la nada y se esfum­a­ba con igual sig­i­lo. Esta­ba y no esta­ba, como en la foto.

0. BZZZZZ BZZZZZ. El what­sapp otra vez – Es Char­lie man­dan­do fotos vie­jas, algu­nas geológ­i­cas. A ésta R la recuer­da per­fec­ta­mente. Él tam­bién tiene su copia; la pre­gun­ta es qué hace en poder de Char­lie, que no está en esa foto gru­pal. Tal vez se ocupó de sacar­la. Por aque­l­la época ya era cono­ci­do por su pres­en­cia fan­tas­magóri­ca; aparecía de la nada y se esfum­a­ba con igual sig­i­lo. Esta­ba y no esta­ba, como en la foto.

Es un atarde­cer. Prob­a­ble­mente en Solanas, quizás Las Gru­tas. R se reconoce inmedi­ata­mente: lle­va una camisa kaki abier­ta has­ta el ombli­go y som­brero a la Indi­ana Jones, bermu­das de jean deshi­lacha­dos y, al igual que el resto, el pelo largo y su mejor son­risa para impostar en fotos. A su derecha está Zam – remera blan­ca y anteo­jos redon­dos tipo Lennon, pero negros. En su caso (no es el úni­co) los jeans lle­gan has­ta la are­na. Le siguen Ax y Nacho, en tra­je de baño flo­re­a­do – como recién sali­dos del mar. Del otro lado se ubi­ca Iky – chom­ba negra de mar­ca, y Julián (una ver­sión desalin­ea­da de R, aunque sin som­brero) en pose desafi­ante. Tam­bién un bron­cead­ísi­mo Bali, por lejos el más lookea­do: tor­so tra­ba­ja­do obsesi­va­mente en el gim­na­sio ‑para enfrentar su com­plex­ión com­pacta con ten­den­cia a lo “rel­leno”-, zap­atil­las NB, bom­bachas de cam­po col­or are­na ceñi­das con cin­turón de cuero, y pañue­lo que le cubre la cabeza como a un pira­ta car­ilin­do. Al final –algo anón­i­mos, casi cola­dos en la foto‑, están Mer­win (her­mano may­or de Ax) y su ami­go Iñi­go Fort. Char­lie, pien­sa R, no es el úni­co fan­tas­ma. ¿Dónde está Luis?

Enero, 1991.
1. La mod­es­tia del edi­fi­cio es evi­dente. Solo dos pisos sobre una plan­ta baja, en cubitos de cemen­to for­man­do una “L” entre la 24 y Las Gavio­tas. Sobre la pared de la esquina –algu­na vez blan­ca- R lee “Edi­fi­cio San Félix”, aunque la con­fir­ma­ción es innece­saria: el auto de Zam está esta­ciona­do ahí, detrás de una cupé japone­sa. El ful­gor de “El Lin­gote” lo ha guia­do des­de la esquina de Las Gavio­tas con Gor­lero; debe ser el úni­co Fiat 128 dora­do en todo Pun­ta del Este. Menos mal que el edi­fi­cio que­da a pocas cuadras de la ter­mi­nal ya que el bol­so al hom­bro pesa dos toneladas. Un recorda­to­rio más –por con­traste – de su hol­gu­ra en los años pre­vios, cuan­do lle­ga­ba a la torre en la 19 de La Mansa en la poderosa F‑100, ambas propiedad de su padre y recien­te­mente vendidas.

Se había dicho que lo impor­tante era volver a estar. Como fuera. Para ello R sumará una parte de sus pocos dólares a los de Zam y Bali, ami­gos suyos, y a los de Luis y Pól, ami­gos de Iky que R no conoce, para el alquil­er de este dep­to en plan­ta baja. Que es peor de lo esper­a­do: chiq­ui­to, oscuro, algo húme­do, y que ya huele –en el día uno- a zoquete de vestuario.

En una esquina del liv­ing-dor­mi­to­rio, con la espal­da apoy­a­da a la pared y las pier­nas esti­radas sobre un colchón, hay un grandote con mandíbu­la cuadra­da, nar­iz de Bar­bie y mira­da de pocas luces. Hojea una revista y mas­ca chi­cles Wrigley´s con un sonoro ñack-ñack. Pól lo salu­da ape­nas con la mano y vuelve la vista a la rubia de la revista. Es mision­era y tiene un difí­cil apel­li­do alemán, dos met­ros pier­nas bron­cead­ísi­mas, y sus quince años se ven –maquil­la­dos- como vein­ticin­co. Zam –hoy está mas pare­ci­do a Fido Dido que nun­ca– revuelve un Nesquik en la coci­na con su car­ac­terís­ti­co mal pul­so. Lo mira con ojos ver­dosos y lo salu­da con indifer­en­cia; sus dientes fini­tos dejan escapar un: -“qué hacés ‑aho­ra pasa el dueño-dale la gui­ta a Luis”. El mis­te­rioso Luis sale del baño jus­to con la pal­abra “gui­ta” y dice -“Hola”, mostran­do una son­risa pil­la ‑la esquina de un diente salta­da- y “dame tu parte”. Lle­va pues­ta una mus­cu­losa y zap­atil­las Con­verse muy gas­tadas; sin ser alto, es bas­tante fornido. Debe ser dos años may­or que ellos. Tam­bién tiene pelo largo pero, a difer­en­cia de Bali ‑orgul­loso de su cas­taño lacio y bril­lante- de un rubio sucio con fle­qui­l­lo reo, más met­alero, inclu­so grasa. Se parece a Bruce Dick­in­son, pien­sa R mien­tras deja su bol­so en el piso y le da los dólares al tipo. Algo en esa son­risa dice que no con­viene hac­er­lo esperar.

El aire del San Félix está car­ga­do con una cor­ri­ente eléc­tri­ca de volta­je incre­men­tal. R encuen­tra un hue­co entre los demás bol­sos y col­chones y se dispone a armar su fuerte.
-“¿Dónde dejaste el cas­sette de Pat­ti Smith?- le pre­gun­ta Zam a Bali, des­de la coci­na.
-“Bolu­do te lo dí ayer en Colo­nia- con­tes­ta Bali. R sabe lo que seguirá; otra dis­cusión entre Bali y Zam, que será eter­na has­ta que a) aparez­ca el cas­sette o, b) sal­ga algún tema sobre minas o músi­ca que los dis­traiga, dan­do ini­cio a otro round. El agre­si­vo con­tra­pun­to de sus ami­gos logra, curiosa­mente, que el ter­reno nue­vo se haga famil­iar. Tam­bién cubre los gri­tos que lle­gan de la calle. R puede ver a Luis afuera ‑de espal­das, como una roca- con las manos en los bol­sil­los de sus bermu­das, mien­tras su inter­locu­tor agi­ta los bra­zos con exas­peración. Las úni­cas pal­abras que pesca R son “gurí abom­bao” y “mirá que llamo a los botones”. A los dos min­u­tos entra Luis, pre­ce­di­do por una risi­ta que dis­fru­ta sin dis­imu­lo: -“¡Casi se los come el yorugua!, jeje”- le dice a Pól. Lo que aca­ba de pasar es tan inimag­in­able que a R se le escapan las posi­bles con­se­cuen­cias: la mitad de bil­letes que inten­tó dar­le Luis al dueño eran fal­sos. Más que sufi­cientes para sus trein­ta días de alquil­er y gas­tos, usan­do los –gen­uinos- dólares del resto. O “para meter­los A TODOS en flor de quilom­bo”, remar­ca Bali cuan­do Luis y Pól desa­pare­cen detrás de los vidrios polar­iza­dos de la cupé Maz­da, y ellos tres se suben al Lin­gote. La Madza sale de un tirón, mien­tras Zam saca de aba­jo del asien­to un bodoque negro tan cuadra­do como su auto y lo enca­ja en el hue­co del estéreo. Acto segui­do, metódica­mente, remueve y plie­ga el cartón del parabrisas, se calza los anteo­ji­tos de sol redon­dos, limpia el volante de vaque­li­ta negra con una remera de Kiss usa­da –“arrancá de una vez Zaaam!” — y por fin gira la llave. Raam, raaaaaaaam! , escupe el Lin­gote, y de la nada, olvi­da­da den­tro del estéreo y al palo, chilla la voz de Pat­ti Smith.

2. Los primeros días de Enero son de ajuste y encuen­tros. Fer­rys y alis­cafos cruzan la tropa porteña para la pun­tu­al invasión al Paisi­to, aunque este año es real­mente impo­nente. Olea­da tras olea­da la cabeza de playa ini­cial se con­sol­i­da, al igual que los dis­tin­tos gru­pos de ami­gos. Ayer llegó Iky –lo encon­traron en el park­ing de Solanas con su Fiat Spazio- y en unos días Julián, que parará primero en lo de Ax y Mer­win en La Bar­ra, y luego recalará en el San Félix. Char­lie debe estar en el Apartur de Rincón del Indio y apare­cerá, como es su esti­lo, de un momen­to a otro. La con­viven­cia en el San Félix va razon­able­mente bien; era de esper­ar que Bali demor­ara para largar el baño antes de salir y que Zam torciera a su favor –es decir sus gus­tos- la com­pra en el super­me­r­ca­do. Luis tiene su pro­pio grupi­to y, para aliv­io de Bali, se le ve poco el pelo. Es bas­tante obvio que se inco­modan; aunque el moti­vo no sea aparente. Todavía.

3. El sol se ahoga en el mar con un res­p­lan­dor rosa­do y Solanas aplaude de pie. Dece­nas de mini­tas sacu­d­en la are­na de sus pare­os, con­tan­do lla­mar la aten­ción de los fla­cos que se esfuerzan en la últi­ma bola de su pelota­pale­ta.
Char­lie, negro por el sol, es de los últi­mos en lev­an­tarse. Hoy dejó la tabla y su Ford Ori­on para leer Asi­mov, escuchar Mar­il­lion en su walk­man y hojear el Man­u­al de Super­viven­cia, inter­ca­lan­do dos frank­furters y un choclo. Su prob­le­ma es volver: este mediodía lo arri­maron sus viejos. Ni ras­tros del Lin­gote u otro auto ami­go en el park­ing; seguro se fueron antes para evi­tar la mor­tal cola de vuelta. Char­lie cam­i­na un poco, cal­cu­la sus opciones y se da cuen­ta que está jodi­do. Él no es de hac­er dedo, y para esper­ar un Onda hay que lle­gar a la ruta. En ese camino de tier­ra cada vez hay menos luz; siente más páni­co con cada minuto.

-“Qué hacés bolu­do, te lle­vo” –dice media cabeza aso­man­do des­de una cupé de juguete. Char­lie siente que le vuelve el alma al cuer­po. Casi no se cono­cen con Luis ‑Se parece a Bruce Dick­in­son, pien­sa Char­lie- pero agar­ra via­je ensegui­da. -“Bajáte” le orde­na Luis a Pól para per­mi­tir­le el paso al náufra­go. Char­lie se hunde en el asien­to de atrás, como si éste lo hubiera chu­pa­do hacia aba­jo, y con el por­ta­zo de Pól -ñack-ñack- las llan­tas traseras de la cupé lev­an­tan una polvare­da.
Segun­da, ter­cera. Ya están en la ruta. Ter­cera, cuar­ta. La mano derecha de Luis está sol­da­da a la palan­ca. Por la ven­tana, pega­do al piso, Char­lie ve los autos que la cupé deja atrás: -“¡Jaja for­rooo!”- pasan a un Ford Sier­ra. Char­lie pal­pa el asien­to bus­can­do el cin­turón de seguri­dad que ‑se odia- no se ani­mará a usar por no pare­cer cagón. Luis mete quin­ta. El cin­turón no aparece. La Maz­da es un scalex­tric ende­mo­ni­a­do que devo­ra líneas blan­cas, líneas dobles y has­ta ban­quinas para ade­lan­tarse. Los ojos des­or­bita­dos de Char­lie se aso­man sobre el hom­bro de Pól –ñack-ñack-, en diag­o­nal, y ven subir la agu­ja del velocímetro, vibran­do como si tuviera vida propia y no le impor­tara perder­la. Las boci­nas, fre­na­zos y puteadas de los con­duc­tores embosca­dos quedan cubier­tas por ráfa­gas eléc­tri­c­as en los par­lantes traseros, puro Iron Maiden:

You got to watch them ‑Be quick or be dead
Snake eyes in heav­en ‑The thief’s in your head (bis)

Be quick or be dead- Be quick, quick, quick, quick
Or be dead, dead, dead, dead

Deben haber ade­lan­ta­do una doce­na de autos. A unos tre­scien­tos met­ros –sen­ti­do opuesto- se ve venir un camión de Agua Salus. Luis igno­ra, una vez más, la doble línea amar­il­la; su próx­i­ma víc­ti­ma es una Renault 18 break, delante de ellos, que va a 120. Quin­ta, cuar­ta. Luis se pega al paragolpes de la break, esperan­do que la camione­ta se abra hacia la ban­quina. Dos nen­i­tos se aso­man por la lune­ta trasera y Char­lie pisa un freno imag­i­nario que, por supuesto, no le responde. Pól le hace una moris­que­ta tor­pe a los nen­i­tos. La break se abre un poco y Luis vira a la izquier­da para pasar; Char­lie sabe que no hay tiem­po, morirán incrus­ta­dos con­tra el camión. Los nen­i­tos de la break –logra ver Char­lie- ya están llo­ran­do. 130, 140; el camión hace luces pero tam­poco aflo­ja. 145, 150, tienen el camión casi enci­ma, a su izquier­da, y la break a la derecha, arras­trán­dose por media ban­quina. Luis mete quin­ta y pisa el gas jus­to cuan­do se abre la mil­imétri­ca opor­tu­nidad. La cupé pasa a la break y vuelve al car­ril dere­cho con un leve movimien­to de muñe­ca, mor­di­en­do la ban­quina con una rue­da y hacien­do saltar por el aire los libros de Char­lie. Todo lo que que­da del camión es su boci­na, col­gan­do en el aire, que se apa­ga a la distancia.

Sobre Pun­ta Bal­lena la cupé lid­era el pelotón. Char­lie está seguro que la demen­cial car­rera de Luis seguirá has­ta La Mansa, pero en cam­bio, cues­ta aba­jo, el pibe desacel­era. Quin­ta, cuar­ta, sus Con­verse bailan sobre los ped­ales. Embrague y fer­oz reba­je a ter­cera. Luis, son­rien­do, estanca la cola y desa­ta otra olea­da de boci­nas y puteadas. Los espe­jos son su reti­na. Un Volk­swa­gen Gol se desprende y pica para pasar, pero Luis pisa el acel­er­ador –ter­cera, cuar­ta- y frus­tra los cál­cu­los del Gol, deján­do­lo a merced de los que vienen en sen­ti­do con­trario. Luis dis­fru­ta el arrugue deses­per­a­do del Gol para retomar la cola y sal­var la vida. Reba­je, cuar­ta, ter­cera; Luis esti­ra el pér­fi­do jue­gui­to unos kilómet­ros más.

Con la cur­va de Bull­dog el velocímetro se vuelve a dis­parar. Be quick, or be dead- Char­lie tra­ga sali­va y apre­ta el Man­u­al de Super­viven­cia. El paisaje al costa­do se deshace a tal veloci­dad que -“cor­réte putoo’’- la Lagu­na del Diario se evap­o­ra de la vista. Empiezan las paradas de la Mansa, P41, 40, 39; la cupé las bor­ra sin piedad. Ter­cera, cuar­ta. Cuar­ta, quin­ta. Los nervios de Char­lie están por estrel­larse con­tra el parabrisas. P30, 29 Luis se pasa todos los semá­foros de Pinares y en la 24 pega un volan­ta­zo, se mete en la ESSO autoser­vi­cio y fre­na brus­ca­mente delante de un sur­tidor, des­per­tan­do al playero en la caja –“todo bien atrás?” –pre­gun­ta Luis sin deten­er el motor. Char­lie ha per­di­do todo col­or. Sus manos sudadas rebus­can la mani­ja para bajarse… ¡No hay puer­ta! Luis hace un gesto, y Pól se baja y ench­u­fa una manguera de SUPER al tanque. Char­lie siente el estó­ma­go revuel­to. Ama­ga sacar la cabeza por la hendi­ja del asien­to delantero pero los vapores de la SUPER lo tiran para atrás. Pól sostiene la manguera con ambas manos; parece estran­gu­lar una ser­pi­ente venenosa. Cuan­do la agu­ja mar­ca tres cuar­tos de tanque Luis pisa el embrague y gri­ta –“¡dale bolu­do vamoos!”. Char­lie no quiere creer lo que escucha. El metro ochen­ta y cin­co de Pól duda ante la orden recibi­da: –“¡¡Dejála vamos bolu­do!!” ‑las gomas que­man el pavi­men­to des­pi­di­en­do un humo gris. El playero está salien­do del min­ish­op. Pól ‑ñáck ñáck- saca manguera del tanque y la mira unos segun­dos para unir sus neu­ronas. ¡Plaff! la estam­pa final­mente con­tra el piso y se mete en la Maz­da, que sale hacia la ram­bla como un mis­il. Char­lie puede escuchar la lejanía del playero putaen­do des­de la ESSO mien­tras la cupé retoma su car­rera a fon­do por la Mansa. P19…12…7…En Pos­to 5 Luis para en un semá­foro y Char­lie logra mod­u­lar sus úni­cas pal­abras del via­je: -”me…me bajo acáa”. Pól abre la puer­ta, corre el asien­to -ñáck ñáck- y Char­lie hace pie en la ban­quina. Luis ya metió primera, el escape de la Maz­da pega un gri­to y desa­parece por la ram­bla. Char­lie da dos pasos. Le tiem­blan las pier­nas; tropieza con el asfal­to rugoso y se le caen los libros. Se dobla hacia ade­lante para recoger­los, pero sin más, en una arca­da incon­tenible, vom­i­ta los pan­chos y el choclo sobre el Man­u­al de Supervivencia.

escuchá la músi­ca de “El Lin­gote” acá

4. El salón de Chop Gar­den sobre Gor­lero es enorme. Furiosos ven­ti­ladores se miden con­tra el calor de los hornos que despachan muz­zare­las mediodía, tarde y noche. El plantel de mozos corre de una pun­ta a la otra, con licua­dos y tablas de piz­za al corte.
El grupo se ubi­ca en tres mesas jun­tas al fon­do del local. Bali en el cen­tro, ha monop­o­liza­do la char­la una vez más, hablan­do de la moda en Ibiza, isla-ciu­dad-con­ti­nente en la que –lo tienen todos claro- jamás ha puesto un pie. Zam, rockero de ley, le obje­ta la músi­ca latosa que acom­paña la ten­den­cia y Bali, entu­si­as­ma­do, redobla su argu­mentación. Mien­tras, Ax, Char­lie, R y Mer­win despe­gan con avidez los rec­tán­gu­los de piz­za recién lle­ga­dos, esti­ran­do al infini­to los hilos de muz­zarela. No les pre­ocu­pa el debate del dúo. Los cono­cen demasi­a­do y saben que está todo bien. Des­de que Zam le dio cabi­da al chico nue­vo ‑del inte­ri­or,  con apel­li­do ital­iano- en su con­ser­vador secun­dario, él y Bali se hicieron insep­a­ra­bles. Inclu­so han tra­ba­ja­do jun­tos de DJs en fies­tas y casamien­tos los fines de sem­ana. Bali es, además, el ben­jamín de una famil­ia numerosa. Su may­or temor es quedar al mar­gen, por lo que se toma cada activi­dad –deporti­va o social, la que sea- como una com­pe­ten­cia que debe ganar.

Para la segun­da ron­da de piz­zas caen Iky, Pól y Luis. Ya no quedan mesas que agre­gar, pero se las arreglan con sil­las sueltas y com­pactan la alin­eación. Luis que­da frente a Bali, e inmedi­ata­mente lo inter­rumpe con uno de sus cuen­tos. Impone su caris­ma y la audi­en­cia agradece cam­biar el canal de la tediosa dis­cusión. Para Bali es un pelota­zo en la cara. Cal­cu­lan­do bien el tim­ing devuelve la pelota –“¿¿Alguien quiere más bir­ra??”, jus­to cuan­do Luis tira el remate de su his­to­ria. La bola va y viene. Comen­tario que hace uno es desmere­ci­do por el otro; se bajan el pre­cio por turnos mien­tras el públi­co se entre­tiene.
Sobre el final de las piz­zas Bali decide jugar fuerte y rev­ela su secre­to mejor guarda­do. Hace una pausa teatral y cuen­ta que con una ami­ga están fab­ri­can­do una línea de ropa ibiceña –por ibi­cen­ca. De hecho esta noche ha sali­do con el primer pro­totipo puesto; unas babuchas abul­tadas que se ajus­tan a los tobil­los. -”¿De qué son?” pre­gun­ta Luis intuyen­do un res­balón de su rival. Bali se hin­cha de orgul­lo, es el dueño de la agen­da. Se para, empu­jan­do aparatosa­mente su sil­la hacia atrás, hace una pin­za con los dedos toman­do un pliegue de la babucha y dice sat­is­fe­cho: -“de poplín”. Luis mira a un lado y otro de la mesa, y como direc­tor de orques­ta reclu­tan­do vol­un­tades con la batu­ta, toma aire y descer­ra­ja un -”JUUAAAAAAAAAAAÁAAAAA”, con el que estal­la la mesa entera… La riso­ta­da ha sor­pren­di­do a Ax emp­inan­do su chop, y le sale un chor­ro de cerveza por la nar­iz. Se le ponen los ojos rojos, pero no puede deten­er su propia car­ca­ja­da: -”de poplíiíííínnnn JAJAJAJAAAAA”-. La humil­lación es com­ple­ta. Luis cier­ra el par­tido y va por la copa – “Che-Poplín, ¡pasáme la jarra!”

5. Zam esta­ciona en José Dodera y Enrique Bur­nett, calzan­do el Lin­gote detrás de un car­ri­to ambu­lante. No ha sido fácil; el recital ha sacu­d­i­do la tran­quil­i­dad de Mal­don­a­do, y las calles aledañas al Cam­pus están inun­dadas con patentes argenti­nas. El pro­gra­ma tiene a Joe Cock­er como artista prin­ci­pal, pero ellos van por Bil­ly Idol, que pre­ced­erá al vet­er­a­no irlandés. Los tres (Ax, Zam, R) con­fían en dar con la man­era de entrar. Ninguno tiene entra­da ni pla­ta para la reven­ta. Bali, entre­tan­to, se quedó por el cen­tro. Está hacien­do lo imposi­ble para fig­u­rar en la lista de invi­ta­dos a La Fies­ta de Blanco.

El esta­dio es una larga her­radu­ra de tri­bunas, sobrepasa­da por un esce­nario dis­eña­do para esta­dios mucho más grandes, como el Mon­u­men­tal, donde se mon­tó días atrás. Por aho­ra se escucha –ensor­de­ce­do­ra- la músi­ca de la radio con­vo­cante, la mis­ma que des­de hace dos sem­anas pro­mo­ciona el even­to a toda hora y en cada playa. El puente de luces satu­ra la tarde con haces de col­ores. Los ami­gos han caí­do pre­sas de la ansiedad. No hay otra cosa en el mun­do más impor­tante que este pre­ciso momen­to: ¡tienen que entrar! Apu­ran el paso hacia la entra­da para eval­u­ar la situación. Es obvio que no hay modo de entrar sin pagar ese abu­so en dólares.
Recor­dan­do las fies­tas en El Moli­no, Ax pro­pone dar otra vuelta a la can­cha y bus­car un farol, ven­tana o árbol y treparse hacia las gradas, sin duda llenas. Se largan los teloneros –una ban­da hit­era de ver­a­no- y el trío deses­pera. Los úni­cos postes sobre la vere­da ‑sostienen señales de trán­si­to- quedan cor­tos respec­to a las ven­tanas, que además están cer­radas. Imposi­ble. No hay hendi­ja, puer­ta de ser­vi­cio ni boca de ven­ti­lación que de un mín­i­mo pie a su esper­an­za. Las tor­res de sonido anun­cian el sigu­iente pla­to. Estal­lan fue­gos arti­fi­ciales que ilu­mi­nan toda Mal­don­a­do y entre­gan al vien­to su ras­tro de pólvo­ra: “¡Here she comes down sayin´ Mony Mony!” gri­ta Bil­ly Idol.

- “Probe­mos la otra la entra­da”- pro­pone Zam, que ya no ocul­ta su impa­cien­cia.
“Por ahí no entramos ni en pedo, esa es la de los músi­cos y el VIP”- dice Ax
-“¿ese no es Luis?”- R señala a un tipo mostrán­dole su cre­den­cial al de seguri­dad del VIP, a unos trein­ta met­ros. Se largan a la car­rera como Carl Lewis con el pis­to­le­ta­zo de sal­i­da, mien­tras Luis cam­i­na –con­fi­a­do- hacia el cor­ral­i­to VIP. Todavía hay tiem­po de alcan­zar­lo y que los haga entrar. Las coris­tas ento­nan su “¡Mony Mony!”, más agu­do.
-“¡Luu­ui­i­i­is!” gri­tan Zam y Ax a la par, antes de lle­gar a la val­la de seguri­dad. Luis da vuelta la cabeza, son­ríe como si fuera famoso y se mete, desa­pare­cien­do, en la zona del VIP. “¡Mony Mony!”

El trío, res­ig­na­do, se aco­mo­da en el espa­cio de una esquina que sep­a­ra las tri­bunas, detrás de la reja. Se ven las luces y –de refilón- un cachi­to del esce­nario. Por lo menos se escucha la músi­ca. Tam­bién pueden ver a los priv­i­le­gia­dos del VIP, al pie del esce­nario: var­ios peri­odis­tas de rock y mucha cara de revis­tas, como la mod­e­lo rubia de moda. Parece algo incó­mo­da, o aburrida.

-“Era trucha seguro bolu­do”- dice Zam en ref­er­en­cia a la cre­den­cial de Luis.
-“Para mi se la afanó en la playa”- dice Ax. En ver­dad lo envid­i­an los tres.

Los ojos de R estan fijos en el VIP. Como un paparazzi men­tal acti­va su cámara en modo repeti­ción. El foco es ‑por supuesto- la rubia, pero en Flesh for Fan­ta­sy se cuela en la esce­na un tipo de fle­qui­l­lo met­alero, sin el menor interés en el recital. Cuadro a cuadro, furti­vo como un escua­lo en un mar de cabezas que miran hacia arri­ba, Luis se acer­ca a la chi­ca. Ya no es posi­ble remover su expre­sión –deci­di­da, implaca­ble- de la toma. Con la excusa de la músi­ca al palo, Luis apun­ta tres pal­abras al oído de la chi­ca, y el cuadro sigu­iente reg­is­tra la son­risa de la mod­e­lo, enorme y esplén­di­da, como si las pági­nas de la revista hubier­an cobra­do vida.

6. La ter­cera es la sem­ana de las piñas. La primera es inex­plic­a­ble, la segun­da –de pedo- inex­is­tente, y la últi­ma, casi impune. El dic­ta­do social requiere auto. El amanecer sobre la playa que le sigue a una noche de bolich­es poster­ga toda activi­dad has­ta bien entra­da la tarde. Más o menos a la tres; a veces a las cua­tro. A la playa se va a Mon­toya o a Biki­ni, pasan­do La Bar­ra, a quince kilómet­ros del cen­tro, donde paran ellos. Y un par de horas más tarde hay que estar en Solanas o Las Gru­tas ‑otros vein­ticin­co kilómet­ros, pero en la pun­ta opues­ta- y, con el atarde­cer, recoger tar­je­tas para las fies­tas de la noche. O en el mejor de los casos, par­larse algu­na mini­ta en la playa para verse en el cen­tro después…calendario corrido.

Los faros cuadra­dos del Lin­gote per­siguen al Milky de Julián – un viejo Dodge mil quinien­tos naran­ja- por el camino inter­no, sin asfal­to pero tam­poco semá­foros. Van rápi­do y lev­an­tan mucho pol­vo; su atarde­cer social está en peli­gro. La oscuri­dad esconde el car­tel de Pilsen, pasan­do El Jaguel, donde hay que doblar. Julián duda: ¿era ése? Zam agar­ra un pozo –“La PÚUU-TAMADRE”, y Julián inter­pre­ta –por el espe­jo- que le hace luces altas, como si se hubier­an pasa­do. Por can­san­cio o estu­pid­ez fre­na de golpe, y el auto se le va de cola. El Lin­gote cla­va los frenos pero la iner­cia es demasi­a­da, y Zam, que evi­ta un peli­groso volan­ta­zo, impacta de trompa al Milky, a la altura del tanque. Se bajan ambos. Nadie está gol­pea­do y Zam res­pi­ra alivi­a­do: ape­nas un raspón en el paragolpes del Lin­gote. El Milky se ha lle­va­do la peor parte, con un bol­lo que tam­poco es grave. –“qué le hashee una man­cha masshh al tigre”- dice Julián, rascán­dose de pun­ta a pun­ta su inin­ter­rump­i­da ceja.

La cupé de Luis y el Spazio tunea­do de Iky pro­tag­on­i­zan la sigu­iente car­reri­ta. Salien­do de noche del San Felix, la Maz­da va delante del Spazio por el Resalero, sobre la playa El Emir. En el primer semá­foro rojo, donde arran­ca La Bra­va, Luis se pega al cordón. Iky cae en la cela­da y se le pone a la par, en el car­ril despe­ja­do. Sin soltar el embrague, Luis pisa el acel­er­ador y sel­la el desafío: RAAM!…ruge la cupé. RAAAAM!…con­tes­ta el Spazio. Acá ya no hay ami­gos. Amar­il­lo. Todavía hay tiem­po de echarse atrás, pero la mira­da de Luis dice: “si te quedás sos puto”. Arran­ca sin verde e Iky, intim­i­da­do, pone primera y pisa el fier­ro. Se ade­lan­ta por la Ram­bla Luis, pero jus­to antes de Los Dedos Iky mete cuar­ta y lo alcan­za. En el edi­fi­cio Mare Nos­trum –ya van a 100- deben, teóri­ca­mente, amino­rar por los cruces. Sin embar­go Luis escala a 110 y rel­e­ga al cau­to Spazio. La cupé sostiene la van­guardia todo el tramo rec­to de la Para­da 2 logran­do que Iky le exi­ja a su Spazio lo que tal vez no tiene. Cuan­do logra acer­carse, Iky ama­ga pasar por uno y otro costa­do gri­tan­do que está vivo y que, a la primera de cam­bio, no per­donará. Luis cal­cu­la fría­mente la man­io­bra que sigue. Tiene al Spazio pega­do atrás, y sabe que Iky hará su inten­to jus­to antes de la cur­va, cuan­do bajen –for­zosa­mente- la veloci­dad. Él, en cam­bio, hace un reba­je y pone el guiño a la derecha, hacia el park­ing de La Olla, como si el parador fuera la meta. Inmedi­ata­mente deri­va la cupé unos met­ros por la entrante. El espe­jo dice que Iky picó –gira tam­bién- y que se tragó anzue­lo, boya y plo­ma­da. Entonces Luis, con un volan­ta­zo, deshace su giro y retoma la Ram­bla en cur­va. Quizás por su tamaño, o la adren­a­li­na del con­duc­tor que fre­na y gira a cen­tímet­ros de la saliente, el Spazio evi­ta la piña y un vuel­co can­ta­do. Iky siente la nuca fría y solo ahí com­prende la tram­pa; su fin asesino: hac­er­lo com­er el cordón. Luis se ha detenido a pocos met­ros del edi­fi­cio Estrel­la de mar.-“¡¿qué hacés pelo­tu­do?! ¡me podría haber mata­do!”- dice Iky con la ven­tanil­la baja y la cara ater­ra­da. Luis con­tes­ta con una son­risa y arran­ca: ha obtenido lo que buscaba.

Luis y su cupé han sali­do indemnes en cada ruta y camino; cues­ta, cur­va o roton­da. La últi­ma piña –muy real- no esta­ba en sus planes. El cielo de la mañana es bien celeste y en la calle no hay un per­ro. Viene bajan­do por El Reman­so des­de el puer­to, pen­san­do en los yates que aca­ba de ver; impo­nentes bajo el sol, que aho­ra le da en los ojos de frente. Cruza Los Meros y baja el para­sol, pero es tarde: ¡CRASHH! se la pone con­tra un taxi detenido en la puer­ta de un hotel. El taxista se baja furioso. Las luces traseras de su Mer­cedes están rotas ‑hay frag­men­tos en el asfal­to- y el paragolpes está hun­di­do en el baúl. A la cupé, en cam­bio, le ha pasa­do poco y nada. Luis sale de auto deci­di­do por su acto de matón. Solo que del hotel ya está salien­do el portero, y aho­ra son dos uruguayos con­tra un porteño. Además, por la esquina con Las Gavio­tas viene lle­gan­do un cana. Han rodea­do a Luis.
-“Tran­qui­lo, mi seguro te lo paga.” – dice Luis, cam­bian­do el sem­blante al modo sim­páti­co-com­prador. Tiene clarísi­mo que el seguro está ven­ci­do. –“Pasáme tus datos”
-“¿Dónde parás gurí?” pre­gun­ta el policía cuan­do el inter­cam­bio ter­mi­na: -“Vamos, te acom­paño”. Luis no inten­ta ningún tru­co; cuan­do salte el quilom­bo a fin de mes ya estará de vuelta en Buenos Aires.

7. Son las once y la canil­la gotea, como siem­pre. Bali lle­ga al San Félix con mucha mani­ja. Irrumpe en la coci­na anun­cian­do que con­sigu­ió una entra­da de últi­mo min­u­to para “La Fies­ta de Blan­co”, en LeClub. No hay mejor mar­co para pro­mo­cionar su emprendimien­to tex­til, lucien­do sus pro­pios mod­e­los y codeán­dose con la créme a la que aspi­ra. Luis y Pól, como cada tarde, jue­gan al tru­co en la mesa de la coci­na; Zam y Julián char­lan apoy­a­dos en la mesa­da. R lee. Todavía es tem­pra­no para salir pero Bali, pre­ven­ti­va­mente, aca­para la ducha. Zam pone la plan­cha al fuego y tira un paty.
“¿Me ponés uno Zam?”- pre­gun­ta R
-“Yo me hago MI Paty y vos te hacés TU Paty”- dice Zam. Julián mira como si lo dijera en joda. R que lo conoce mejor, se res­igna y espera su turno.

Pasan quince min­u­tos y Bali sigue en el baño. Zam le pone Sab­o­ra a su ter­cer Paty. Sobre la plan­cha caliente, R da vuelta el suyo. Luis empar­da el envi­do de Pól y define el tru­co con un ancho de bas­tos; se lev­an­ta de la sil­la y, aunque no tiene planes urgentes, gol­pea la puer­ta del baño:
-“¿te estás ponien­do lin­da?”- pre­gun­ta Luis.
-“Ya sal­go­oo”- dice Bali. A los cin­co min­u­tos Luis insiste. Bali lo igno­ra y prende el secador de pelo.
-“¡Dale bolu­do me ten­go que ir!”, gri­ta Luis, fin­gien­do calen­tu­ra.
“YA VAAA ¡imbé­cil!”- con­tes­ta Bali. Luis son­rie. En la coci­na se miran. Pól saca una coca de la heladera, se sirve un vaso, y se sien­ta a la mesa con los demás. Tras los patys, están comien­do la ensal­a­da que hizo Julián. La canil­la sigue gote­an­do. Luis saca el Nesquik de la ala­ce­na con olor a moho y un vaso alto de la otra, la que se le tra­ba la puer­ta. Ya no se escuchan rui­dos en el baño. Bali se mira en el espe­jo por últi­ma vez –esta fies­ta es suya- y sale del baño jus­to cuan­do Luis abre la heladera y se incli­na para sacar la leche.

A Bali lo pre­cede una nube de per­fume Calvin Klein. Entra en la coci­na sabi­en­do muy bien que este es su primer test de la noche. El grupo se da vuelta en bloque, esperan­do algu­na répli­ca por el inter­cam­bio de hace dos min­u­tos. Bali está de pun­ta en blan­co. En con­traste con su piel tosta­da, sus famosas babuchas de poplín, camisa y pañue­lo en la cabeza, gri­tan “¡míren­me!”. Has­ta que Luis se yer­gue –tiene la jar­ra en la mano‑, cier­ra la puer­ta de la heladera y dice, ignorán­do el numer­i­to:
-“bolu­do, la próx­i­ma vez te saco de una pata­da en el orto”. Se da vuelta y se pone a preparar su vaso de Nesquik, revolvien­do con un tene­dor porque la cuchari­ta no lle­ga al fon­do. Enva­len­ton­a­do, quizás por los cen­tímet­ros que ha gana­do con sus zap­atos con platafor­ma de estreno, o por el per­son­aje que ha arma­do para la fies­ta delante del espe­jo, Bali con­tes­ta. No es lo más pru­dente; tam­poco lo más prác­ti­co. Pero nadie le va arru­inar su momen­to, y el grupo lo está miran­do:
-“a quién vas a sacar vos…” – dice Bali, plan­ta­do, con su mejor voz car­ras­pea­da.
-“¡¡a vos for­ro!!”, dice Luis, y se acer­ca un paso. Dis­fru­ta la pelea por antic­i­pa­do.
-“qué pasa bolu­do, ¿te col­gar­on hoy?”- dice Bali con ironía, subi­en­do la apues­ta- “Si con­seguía otra entra­da te llev­a­ba”- Los de la mesa empiezan a pre­gun­tarse qué hac­er cuan­do lo inmi­nente estalle… ¿ele­gir ban­do o fre­nar­los?
-“me impor­ta un cara­jo tu fiesti­ta, mara­ca” dice Luis. Da un pequeño sor­bo a su Nesquik y otro paso hacia Bali.
-“JA, JA qué cre­ati­vo sos Luisi­to… bolu­do ¿no tenés algo mejor?”- dice Bali sin parpadear, con­ven­ci­do que, a la vista de todos, él ganó y es el gal­lo más fuerte del cor­ral. Mantiene su son­risa más aserti­va y ya cal­cu­la cómo lle­gar a LeClub. Sobre la coci­na cae un silen­cio tan inmac­u­la­do que ‑obser­va R- has­ta la gota de la canil­la se ha detenido. Exac­ta­mente el momen­to que esper­a­ba Luis.
El Nesquika­zo es tan brus­co, tan pre­ciso y tan goza­do que Bali, en shock, se limi­ta a con­tem­plar la man­cha gris que engulle las fibras de su con­jun­ti­to. Es un pleno en el pecho; la camisa gotea en sus babuchas has­ta las rodil­las.
-“Qué hacéees, ¡¡ENFERMOOO!!”- dice Bali, saca­do, cuan­do logra reac­cionar. El vaso está vacío, en la mano derecha de Luis, que aho­ra lo mira serio; sus ojos tienen fuego. Bali sabe que esper­an un movimien­to suyo para tirárse­le enci­ma. Pól está aler­ta. Zam se lev­an­ta, bien para inter­venir o dejar la coci­na con cautela. De acá alguno al hos­pi­tal, pien­sa Julián. Solo se escucha ñack-ñack. Y en eso tres fuertes golpes hacen tem­blar la puer­ta:
-“¡LA POLICÍA, ABRAN!”. Se miran todos y abre Zam. -“Vos,”- dice uno de los canas seña­lan­do a Luis- “vení para acá”. En segun­do plano se aso­ma el taxista del mer­cho.
En el dep­to todos, inclu­so Pól, se rela­jan cuan­do Luis sube al patrullero.
Bali prende un cig­a­r­ril­lo; ya no quiere ir a la fies­ta. Su lin­da cara per­manece intac­ta, pero siente en la boca la bilis del ego mellado.

8. La sigu­iente mañana es de lo más con­fusa. Luis pasó media noche dan­do expli­ca­ciones en la sec­cional, y, para que lo largaran, debió colab­o­rar con “la Coop­er­a­ti­va de la fuerza”. En dólares. Ambos, él y Pól, hacen el bol­so a las apu­radas; se vuel­ven ya mis­mo a Buenos Aires, una sem­ana antes. Nadie pre­gun­ta lo que ya todos saben: a los canas les dio los fal­sos. La cupé Madza muerde el asfal­to una vez más, en ruta direc­ta a Mon­te­v­ideo. Ésta car­rera va en serio.

9. Has­ta bien entra­do el año, R no vuelve a saber de Luis. Parece que ha con­segui­do un puesto jerárquico –ñoqui, sin duda- en la Bib­liote­ca del Con­gre­so Nacional. El suel­do sobra para salir con la mod­e­lo; otro req­ui­si­to indis­pens­able para a escalar sus ambi­ciones. Su fiel ladero Pól ‑algo desplaza­do aho­ra- inten­ta una y otra car­rera, has­ta esta­cionarse como admin­istrador en unas cocheras del microcentro.

Con algu­na excep­ción, el resto del grupo prosigue sus estu­dios en uni­ver­si­dades pri­vadas, muy enfo­ca­dos en la sal­i­da lab­o­ral de tipo “empre­sar­i­al”. Algo de la lla­ma emprende­do­ra se ha extin­gui­do en Bali al ter­mi­nar la tem­po­ra­da. En muy poco tiem­po des­cubrirá que la escalera cor­po­ra­ti­va es el ejer­ci­cio ide­al para su afi­ción competitiva.

Aque­l­la foto gru­pal fue toma­da, casi sin dudas, tras el “allanamien­to” del San Félix, los días finales de ese ver­a­no al palo. Un últi­mo ensayo, en el amanecer de otra etapa.

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